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Mi padre en la Casa Emaús

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"Cuando mi padre venía a España, yo sentía una urgencia que no sabía nombrar bien: quería encontrar un lugar donde pudiéramos vivir la fe con esa misma naturalidad, sin tener que elegir entre orar o comprometernos con los últimos de forma excluyente"

Hay llegadas que uno espera toda la vida sin saberlo. Mis padres y mi hermano nunca han podido visitarme en Valencia, la ciudad donde más he vivido de todas las que he habitado. Ellos lejos y siempre del otro lado de la pantalla, hasta que una enfermedad dura de mi padre lo obligó, por fin, a cruzar el océano. Fui a recogerlo al aeropuerto con el corazón atravesado por dos sentimientos que no deberían convivir y sin embargo conviven: la angustia por su salud y la ilusión desbordada de abrazarlo después de tanto tiempo.

Y quiso la providencia, o la casualidad, o las dos cosas a la vez, que ese mismo fin de semana coincidiera un encuentro del Movimiento Encuentro y Solidaridad en Casa Emaús. Así que lo primero que hizo mi padre al llegar, todavía con el cansancio del vuelo en el cuerpo, fue sentarse entre nosotros a rezar.

Vengo de una militancia humanista cristiana de izquierda. Fue la perspectiva cristiana que primero conocí de niño, en Esmeraldas, entre misioneros que cantaban vallenatos y jugaban fútbol conmigo. Por eso, cuando mi padre venía a España, yo sentía una urgencia que no sabía nombrar bien: quería encontrar un lugar donde pudiéramos vivir la fe con esa misma naturalidad, sin tener que elegir entre orar o comprometernos con los últimos de forma excluyente.

Y es que la Iglesia que más conozco en España vive en formato fortaleza atrincherada, arrinconada por discursos cristofascistas que se han vuelto cómodos en sus sacristías. En los pasillos se repite que «aquí no se habla de política», que la fe no debe mancharse con lo social, hasta que llega una marcha contra los migrantes organizada por la derecha más dura, y entonces sí, ahí están los primeros en la fila. Se predica la neutralidad y después se milita, casi en bloque, con quienes convierten al vulnerable en enemigo. Esa es una Iglesia cómplice del poder, un instrumento del opresor vestido con sotanas.

En España casi no conocí otra realidad. De un lado, los practicantes acomodados a ese silencio cómplice, sumados a los no practicantes identitarios, para quienes ser católico es solo una nacionalidad heredada, un carné más que un encuentro personal, donde sobre entre los primeros si que hay gente que ora, alaba y adora, pero es totalmente ajena al prójimo. En la otra orilla y en menor número, he visto hermanos que viven una fe militante y comprometida, pero sin encontrar casi ningún espacio propio y peor aún comunitario. A lo mucho a estos hermanos se les tolera y se reza por sus errores doctrinales surgidos de la (para ellos) herética, Teología de la Liberación. En carne propia he vivido como quieren mientras bailábamos con las manos en alto y gritamos ¡aleluya¡, pero en cuanto pregunto por qué en Cáritas hay personas a las que solo les falta el padrón —y con él la residencia, y con ella un salario digno en lugar de la clandestinidad— me llamaban comunista.

Yo venía de un Ecuador que había vivido, con Rafael Correa, el gobierno más comprometido de nuestra historia reciente con los pobres, sostenido además por un hombre que nunca escondió su fe. Buscaba en España algo parecido, un lugar donde la izquierda económica y la fe cristiana no fueran incompatibles, y durante mucho tiempo no lo encontré. Hasta que alguien me habló de SAIN. Llevaba años siguiéndoles la pista desde lejos, admirando sin conocer, y este fin de semana por fin pude ponerles cara y llevarlos en el corazón.

SAIN ya cerró como tal, pero su gente sigue muy activa: lucharon codo a codo con los pobres durante la Regularización Extraordinaria, y hoy siguen sosteniendo ONGs, espacios de incidencia, otras formas de mirar el mundo. Y oran. Vaya que si rezan. Encontré en ellos algo que escasea mucho en la Iglesia española: olor a santidad junto con una claridad social y teológica que no se contradicen entre sí.

Cantan, tienen compañías de teatro, etc… y su propia casa —construida por sus manos— es ya un testimonio. Cuando la prestan, insisten en que no sea un hotel sino un compromiso: con el medio ambiente, con el servicio. En la entrada tienen un busto de Iqbal Masih, y arriba una frase que decía algo así como «soy sindicalista por obligación de mi fe cristiana». Me pareció hermoso. Oran con fervor y sentido, aunque a veces —como nos pasa a los católicos— todo lo intenten resolver con un curso más, cuando los evangélicos insisten, con razón, en que a Dios no se le conoce estudiándolo, sino experimentándolo. Confieso que soñaba con que su música fuera más carismática, más Hillsong United, pero con letras de Teología del Pueblo. Aun así, buscan la santidad de verdad, no el discurso disfrazado de fe.

Mi esposa y mis amigos siempre habían pensado que la búsqueda real de santidad estaba solo del lado conservador, y que en la otra orilla de la Iglesia había apenas activismo con lenguaje religioso. Este fin de semana pudieron ver que no es así: que esa lucha por ser santos es real, y que la lucha porque la Iglesia deje de ser instrumento del poder, también.

Mi hijo se lo pasó de maravilla jugando con otros niños. Y mi padre, con el corazón sereno a pesar de su enfermedad, se sintió como en casa, ayudando a abrazar este país que ahora, con la mitad de su familia de aquí, también es un poco suyo.

Ojalá una ola del Espíritu Santo refresque con fuerza esta manera de vivir el Evangelio. Ojalá nuestro testimonio atraiga jóvenes, músicos, familias enteras, y se renueven estos espacios comprometidos de verdad con quienes más lo necesitan. Porque ahí, en esa casa construida con las propias manos de quienes decidieron dar voz a los sin voz por fe, encontré por fin un lugar donde mi padre, recién llegado y enfermo, pudo sentarse a orar sin tener que dejar en la puerta ni su fe ni su conciencia social.

Misael Riofrío

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