Congreso sobre perdón y reconciliación


“A las cuatro y media de la tarde la amenazaron: si no dejaba el lugar, antes de acabar la jornada la matarían. Ella les dijo: ‘Yo de aquí no me voy’. Esa noche llegaron tres encapuchados y la mataron de seis disparos en la cabeza”.

Jeny Castañeda evoca así la muerte de su madre Damarys Mejía, el 17 de septiembre de 2001, a manos de paramilitares colombianos. Tenía 37 años y tres hijos, no era terrorista ni narcotraficante, “era una líder social que ayudaba a las personas más vulnerables”. En Puerto Triunfo (Antioquia) se la recuerda especialmente por impulsar el asentamiento de personas sin vivienda y su organización en barrios. Así lo había hecho en Hacienda Nápoles, la finca donde halló la muerte.

Pistolas y pasamontañas

Probablemente nunca habrían conocido la identidad de los asesinos materiales: “En el pueblo no se podía esperar justicia. Quien moría, muerto se quedaba”, lamenta. De hecho, el alcalde de Puerto Triunfo sería encarcelado años después por su complicidad en el crimen.

Pero quiso la casualidad que Andrés, uno de sus dos hermanos, se cruzase con los autores materiales: “Venía por la carretera y se encontró con ellos. Les preguntó qué había pasado, porque ya algo se sentía. Le dijeron que no pasaba nada, pero dentro del coche vio sus pasamontañas y sus pistolas entre las piernas”.

Al llegar a la casa se encontró a su madre muerta. Jeny vivía a veinte minutos de allá. Cuando su hermano fue a avisarla, escuchó el mazazo: “Nos mataron a mamá, ¿qué hacemos?” Ella era la mayor, acababa de tener un hijo y tuvo que hacerse cargo de los pequeños, de 15 y 16 años.

“Me llené de odio, de rabia, de deseo de venganza”, explica a ReL. Sabía quién era el responsable del crimen: “Ramón Isaza fue quien dio la orden”.

Para Jeny empezaron años muy duros, convertida a tan corta edad en cabeza de su familia y al mismo tiempo persiguiendo por todos los medios a su alcance lavar el nombre de su madre y hacer pagar a sus asesinos por el crimen.

El poder de un sueño

Por eso, cuando, al amparo de la ley de Justicia y Paz impulsada por el presidente Álvaro Uribe en 2005, los paramilitares se desmovilizaron y se entregaron a la Justicia, Jeny empezó a perseguir a Isaza en los tribunales recordándole aquel asesinato: “El proceso buscaba para las víctimas verdad, justicia y reparación, y dentro de la reparación se exigía el perdón público y el restablecimiento de la dignidad de las víctimas. Los acusados empezaron a dar nombres de las víctimas para identificarlas y buscarlas cuando se ignorase el paradero de su cadáver. También nosotros acudimos para reclamarnos como víctimas. De primeras salieron seiscientas. En febrero de 2006 un tío mío vio en el diario El Colombiano el nombre de mi madre. Era la víctima 517”.

Jeny Castañeda y Ramón Isaza empezaron a verse con frecuencia cada vez que él comparecía ante un juez: “Nos veíamos en los tribunales, pero nunca hablábamos directamente. Él me buscaba para pedirme perdón, pero cuando uno tiene odio en el corazón, no admites que alguien venga, te pida perdón y todo solucionado. A veces intentó contactar, pero nadie se atrevía a decírmelo”.

Lo que Jeny no sabía era que el deseo de perdón de Isaza no era solo un trámite jurídico (fue condenado a 40 años de cárcel, ocho efectivos) o una exigencia política, sino un arrepentimiento moral, una auténtica y sincera conversión personal.

Algo empezó a cambiar en el corazón de Jeny en 2013, por una causa muy concreta: “Me diagnosticaron un cáncer de tiroides, y por primera vez en mi vida pensé en la muerte. Hasta entonces, no le tenía miedo. Pero tenía un niño, y empecé a pensar en mi hijo, en la posibilidad de dejarle, en qué le habría transmitido con mi odio. Por otro lado, Isaza había afirmado públicamente que matar a mi madre había sido el peor error que había cometido la organización, y había reconocido que ella era una líder social, y no nada de lo que habían estado diciendo. Entonces pensé: ‘En realidad, ya he conseguido lo que quería’, mi madre era reconocida como lo que era”.

Aun así, de ahí a perdonar había un camino por recorrer.

“Para hacerme unas pruebas por el cáncer, me hospitalizaron justo el día y a la hora en los que, doce años antes, asesinaron a mi madre”, recuerda Jeny: “Esa noche soñé con ella. En el sueño, ella me decía de que Ramón Isaza rezaba cada día dos rosarios: uno para que le perdonara mi madre, allí donde estuviera, y otro para que le perdonara yo. Me avisaba de que él me buscaría, y que cuando le viera, le diese un abrazo y un beso y le dijese que ella le había perdonado. Yo en el sueño le decía a mi madre que no pensaba hacerlo”.

“Pero un día Ramón Isaza me busca”, continúa Jeny, “y me dice… ¡que él reza todos los días dos rosarios, uno por mi madre para que le perdone, y otro por mí para lo mismo!”. El cumplimiento de ese sueño profético rindió la última resistencia: “Le abracé y le di un beso, y sentí como si me hubieran sacado una estaca que tenía clavada entre pecho y espalda”.

Ambos fueron conscientes de que ahí concluía un camino, pero comenzaba otro: “Empezamos a conocernos mejor, yo a ellos y ellos a mí, y a deshacer dudas, interrogantes y mitos”.

Jeny acudió a la cárcel a ver a otros miembros del grupo que había dado un zarpazo tan cruel a su vida doce años antes: “Es un proceso en el que llevamos ya cinco años. Queremos crear una fundación junto con Oliverio Isaza, hijo de Ramón y su segundo al mando, para continuar todo lo que ha hecho su padre, que se siente viejo y cansado. Una fundación para la reconciliación, para dar y recibir perdón”.

El mayor regalo

Le preguntamos si, a lo largo de este tiempo, la tentación del odio le ha sugerido una marcha atrás. Pero el perdón ha sido transformador: “Si Dios nos puso en el mismo camino [a Ramón y a ella], fue por algo. En todo lo malo hay una enseñanza, y a mí esto me ha enseñado muchas cosas. He aprendido a conocer el corazón de alguien que ha sido tan malo. Nunca pensé que iba a querer tanto a mi enemigo, y es mutuo”.

Jeny Castañeda ha participado en el Congreso Perdón, Reconciliación y Noviolencia que ha tenido lugar este fin de semana en la Casa Emaús de Torremocha de Jarama (Madrid), y se encuentra en España para ofrecer su testimonio en varios eventos a lo largo de las próximas semanas.

Su historia forma parte esencial de El mayor regalo, la última película de Juan Manuel Cotelo, junto a quien Jeny tiene la amabilidad de recibirnos. Se estrena el 9 de noviembre y ella aún no la ha visto, pero sí el tráiler, en cuyos instantes finales (2:06) la vemos abrazar a Isaza:

 

“El tráiler nos ha tocado mucho”, confiesa, “la película va a tocar muchos corazones. A veces nos peleamos y dejamos de hablarnos con padres, hermanos, amigos… por estupideces, por bobadas, porque no hizo lo que yo quise, porque no me compró lo que yo apetecía… Sé que tras ver la película muchas personas van a vencer el orgullo, que es la causa de casi todo, y van a abrazar a las personas con las que guardaban rencor”.

“Hay cosas más grandes y más imposibles”, concluye, “como perdonar al asesino de tu madre”. Un regalo para el perdonado y –nos deja Jeny muy claro– más aún para quien perdona.

Fuente: Religión en libertad

Share Button